El siguiente texto es un extracto del Estudio del libro de Mateo, capítulos 9 y 10, del Blog "Escudriñemos el Evangelio", por medio del cual, mientras analizábamos en detalle dos de los milagros hechos por Jesús, que se narran simultáneamente, donde sanó a una mujer que por años padeció flujo de sangre, y después resucitó a una pequeña de doce años, comenzamos a ser guiados en un viaje que nos llevó a visitar diversos pasajes bíblicos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, a través de los cuales, comenzaron a salir a la luz, de forma sutil y fascinante, profundidades escondidas tras las historias que, entre muchas otras cosas, nos hablan de la urgente necesidad que tenemos los seres humanos, sin importar su origen, sea judío o gentil, de obedecer el llamado del Señor, para transitar de lo terrenal a lo espiritual, sin lo cual no es posible que veamos la Gloria de Dios, ni que heredemos las promesas hechas a Abraham, el Padre de todos los que creen; no exclusivamente de sus descendientes según la carne, sino de todos los que tienen la misma fe que a Él le fue contada por justicia.
(El primer párrafo en "negrita" es un resumen de los versículos estudiados, identificados al pie del párrafo; en tanto que los escritos en cursiva son los comentarios que se desprenden del texto estudiado. Además, los textos en color café son citas bíblicas textuales de la RVR60. Otras versiones aparecen especificadas con sus siglas).
Primero que todo, es necesario aclarar que los milagros relatados son hechos verídicos, escogidos por el Espíritu Santo, de entre muchas maravillas hechas por Jesús durante Su ministerio terrenal, a fin de dejar testimonio en el libro sagrado de que Jesús es el Mesías prometido, y "para que, creyendo", tengamos "vida en su nombre" (Jn 20:31). Además, porque, como hemos podido comprobar a través del estudio profundo de la Biblia, lo que se ha escrito, por lo general, esconde un mensaje que puede discernirse espiritualmente. En ese sentido, no es casualidad que estos milagros se relaten como sucesos simultáneos, pues, aunque no son parábolas, sí esconden un mensaje espiritual.
Por los evangelios de Marcos y Lucas, sabemos que la niña tenía alrededor de doce años, los mismos doce años que la mujer llevaba enferma de flujo de sangre. El número doce probablemente está simbolizando a Israel, con sus doce tribus; el pueblo al cual le fue confiado el pacto que tenía como fin guiarlo hacia su Mesías, por medio de quien todas las familias de la tierra iban a ser justificadas por la fe. Pues bien, ya que ese Salvador estaba en la tierra, lo que se quería demostrar a través de estos hechos es que la primera etapa del plan de redención estaba por concluir, y que se iba a dar inicio a una nueva era, donde la salvación sería, no por obras, sino como un regalo de Dios, quien salva por la fe en Su Hijo, que es el Salvador. En aquel tiempo, muchos pensaron que Jesús había venido a abolir la ley, pero la verdad es que Él había sido enviado a cumplirla, porque nadie más que Él podía hacerlo, pues, dice la Escritura que, "cualquiera que cumpla toda la ley, pero que falle en un solo mandato, ya es culpable de haber fallado en todos" (Stg 2:10 RVC), y nadie más que Jesús pudo guardar cada precepto de la Ley.
Ahora bien, ¿por qué creemos que estos milagros hablan de Israel y su Pacto?, porque la niña de doce años no era una hija más de Israel, sino la hija de uno de los líderes de la sinagoga, lo que habla del fin del sistema religioso judaico. Pero, no hay que confundirse, no era el final para Israel, pues, como podemos ver, la niña que había muerto, en cuanto oyó la voz de Jesús, volvió a la vida; esto, porque, como dice la Escritura: de entre los hijos de Israel "hay en la actualidad un remanente escogido por gracia" (Ro 11:5 NVI), o sea, judíos que, "si no permanecen en su incredulidad" (Ro 11:23 NBLA), y se arrepienten de haber rechazado a su Mesías, heredarán la vida eterna. Es decir que, al mismo tiempo en que se comenzó a anunciar el evangelio a los gentiles, (que fue después que a los judíos), y en tanto se completa el número de sus redimidos, los judíos escogidos para el reino quedaron en la misma condición que los gentiles que están siendo llamados, "por cuanto todos pecaron (judíos y gentiles), y están destituidos de la gloria de Dios" (Ro 3:23). Pablo lo expone de esta manera: "la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes" (Ga 3:22). Por tanto, "ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa" (Ga 3:28-29); por eso, el Apóstol aclara también que, "no todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos" (...) "No los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los que son hijos según la promesa son contados como descendientes" (Ro 9:6-7,8).En cuanto al otro milagro, como podemos fácilmente deducir, el flujo de sangre que afectaba a la mujer, habla de esas ceremonias que, año tras año, debía celebrar Israel, sacrificando animales perfectos, cuya sangre era usada para expiar el pecado de la nación. No obstante, como dice la Escritura, "el sistema antiguo bajo la ley de Moisés era solo una sombra - un tenue anticipo de las cosas buenas por venir" (He 10:1 NTV), así que "nunca puede (ese sistema), por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercan" (He 10:1); "porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados" (He 10:4). En otras palabras, se requería de un sacrificio mayor; el derramamiento de la sangre de un ser humano perfecto (no de un animal), que nunca hubiera pecado. Pero sólo un hombre vivió toda su vida sin pecado: el Hijo Unigénito de Dios que fue concebido sin pecado. De tal forma que Jesús era ese Hijo del Hombre, ofrecido por Dios como el Cordero inmaculado, cuya perfecta vida era la única que podía ser aceptada en sacrifico como propiciación, para calmar la justa ira de Dios, contra una humanidad que se alzó en rebelión desde el principio.
La Palabra dice que la mujer menstruosa "había gastado en médicos todo cuanto tenía, y por ninguno había podido ser curada" (Lc 8:43), hasta que, puesta su fe en Jesús, tocó Su manto, y "en seguida la fuente de su sangre se secó; y sintió en el cuerpo que estaba sana de aquel azote" (Mr 5:29). El mensaje aquí es que, debido a que la sangre de Jesús, el Hijo de Dios, tiene el poder de expiar en forma definitiva los pecados de los hombres que creen, todos esos rituales expiatorios que ordenaba la Ley ya no son necesarios. Por tanto, tal como la mujer menstruosa fue salva por la fe, el pueblo judío puede ser sanado (salvado) si cree que Jesús es el Mesías enviado al mundo para conducirlo a la vida eterna.
Complementando lo anterior, diremos que, según la ley mosaica, una mujer menstruosa era considerada inmunda, y todo lo que tocaba, fuera objeto o persona, quedaba inmundo. El motivo de esta maldición es revelado por Pablo en la primera carta a los Corintios, donde explica que "la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción" (1Co 15:50). Por esta misma razón, Jesús dijo que, "el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios" (...) "el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es" (Jn 3:3, 5-6). De modo que, para ver a Dios, "es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad" (1Co 15:53).
En otra de sus epístolas, el apóstol Pablo explica cómo lo que se corrompe y perece se transformará en inmortal cuando Jesucristo regrese: "el Señor mismo descenderá del cielo con un grito de mando, con voz de arcángel y con el llamado de trompeta de Dios. Primero, los creyentes que hayan muerto se levantarán de sus tumbas (judíos y gentiles). Luego, junto con ellos, nosotros, los que aún sigamos vivos sobre la tierra, seremos arrebatados en las nubes para encontrarnos con el Señor en el aire" (1Ts 4:16-17 NTV), porque "no todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros (Pablo pensaba que él y los receptores de su carta estarían vivos cuando Cristo regresara) seremos transformados" (1Co 15. 51-52). "Cuando lo corruptible se revista de lo incorruptible y lo mortal, de inmortalidad, entonces se cumplirá lo que está escrito: «La muerte ha sido devorada por la victoria»" (1Co 15:54 NVI).
Pero muchos se preguntarán: ¿cómo es que uno nace de nuevo? En primer lugar, hay que decir que no depende de nosotros, sino de Dios, pues, es por la fe, que es un don de Dios, que viene por oír el evangelio; a saber, la buena noticia que dice "que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que lo sepultaron y que resucitó al tercer día, también según las Escrituras"; (...) que "Él es el primer fruto de la cosecha: (es decir, que) ha sido el primero en resucitar. Así como por causa de un hombre (Adán) vino la muerte, también por causa de un hombre (Jesús) viene la resurrección de los muertos. Y así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos (los que creen) tendrán vida" (1Co 15:3-4, 20-22 DHH), pues, dice la Palabra: "a todos los que creyeron en él y lo recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios. Ellos nacen de nuevo, no mediante un nacimiento físico como resultado de la pasión o de la iniciativa humana, sino por medio de un nacimiento que proviene de Dios" (Jn 1:12-13 NTV).
"Todo aquél que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios" (1Jn 5:1) escribió Juan; por eso, a fin de que muchos más sean salvos, el Señor sigue llamando a sus escogidos, a través de su iglesia, que clama: "en nombre de Cristo les rogamos: ¡Reconcíliense con Dios!" (2Co 5:20); "Arrepiéntanse y sean bautizados cada uno de ustedes en el nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados, y recibirán el don del Espíritu Santo" (Hch 2:38 NBLA). Si hemos oímos el llamado, y nos hemos arrepentido de vivir en rebelión contra el Señor, por fe, "hemos muerto y fuimos sepultados con Cristo mediante el bautismo; y tal como Cristo fue levantado de los muertos por el poder glorioso del Padre, ahora nosotros también podemos vivir una vida nueva." (Ro 6:4 NTV). Así que, "si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas" (2Co 7:17).
La Escritura dice: "Ya que han resucitado con Cristo (regeneración o nuevo nacimiento), busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios. Concentren su atención en las cosas de arriba, no en las de la tierra, pues ustedes han muerto (a la vida de pecado) y su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, que es la vida de ustedes, se manifieste (segunda venida), entonces también ustedes serán manifestados con él en gloria" (Col 3:1-4 NVI).
Imposible no maravillarnos al contemplar las profundidades de las Escrituras; de cómo el Antiguo y el Nuevo Testamento son inseparables, porque cada uno tiene piezas esenciales que se complementan entre sí, permitiendo armar el puzle, hasta formar la imagen perfecta.
Con respecto al tema que estamos analizando, en el libro de Ezequiel leemos cómo Jehová recuerda el origen poco honroso de Jerusalén, la que había sido escogida para convertirse en la prometida del Hijo de Dios, diciendo: "yo pasé junto a ti, y te vi sucia en tus sangres, y cuando estabas en tus sangres te dije: ¡Vive! Sí, te dije, cuando estabas en tus sangres: ¡Vive!"; "Y pasé yo otra vez junto a ti, y te miré, y he aquí que tu tiempo era tiempo de amores; y extendí mi manto sobre ti, y cubrí tu desnudez; y te di juramento y entré en pacto contigo, dice Jehová el Señor, y fuiste mía. Te lavé con agua, y lavé tus sangres de encima de ti, y te ungí con aceite..." (Ez 16:6, 8-9).
En pocas palabras: Jerusalén, la amada novia por la cual Jesucristo dio su vida, debe ser purificada por medio del agua de arrepentimiento; el lavamiento que produce el bautismo en la sangre de Cristo, y la unción del Espíritu Santo, para convertirse en la nueva Jerusalén, que es espiritual, antes de celebrar las bodas del Cordero, cuando se unirá a su Esposo para vivir eternamente con Él."
(Extraído de Blog: Escudriñemos el Evangelio: Estudio del Libro de Mateo, Parte V, - Capítulos 9 y 10)
Traducciones de la Biblia usadas en esta entrada:
- RVR60: Reina Valera Revisada en 1960
- DHH: Dios Habla Hoy
- NVI: Nueva Versión Internacional
- NTV: Nueva Traducción Viviente
- NBLA: Nueva Biblia de las Américas
- RVC: Reina Valera Contemporánea